Inmortal hasta la muerte
Muchas veces creo que soy “inmortal” porque me descubro paseando por la vida con una actitud indiferente. Pocas cosas me sorprenden y si logro sorprenderme dura muy pocos minutos. En fin, pienso que luego ya habrá algo nuevo que me sorprenda como si tuviera una eternidad para apreciarlo.
Un día reflexioné mientras estaba junto a mi hijo de 5 años en su cama. Nos abrazamos tiernamente y le dije que lo amaba, él también me dijo lo mismo. Fue tan bello que pensé que ese simple momento hizo que la vida ya valiera la pena. Sentir eso en esa pequeña fracción de mi vida es algo por lo que puedo estar orgulloso de lo que he hecho. Luego, en pocos instantes me aterré, recordé que eso va a terminar. La vida de alguno de los dos va a terminar. Quiero que suceda la opción que lo haga sufrir menos a él, pero nadie puede predecir cuando termina la vida. Poco a poco me fui calmando porque no quise hacer un drama. Sacudí la cabeza para calmar mi mente, porque todo estaba pasando ahí, y mi hijo no se enteró de mis pensamientos. Fue en ese momento donde comenzó la reflexión de este mensaje.
Somos mortales pero extrapolamos una falsa premisa de que no lo somos, creemos que somos inmortales o que nuestro tiempo se estira al gusto por el simple hecho de pensarlo para según nosotros terminar todas las aspiraciones que tenemos. Creemos que podemos darnos el lujo de despreciar los momentos maravillosos porque asumimos que habrá muchos más: «después los disfruto con más calma». ¡No!, después será tarde. Hoy es el momento para empezar a contemplar y apreciar los momentos más tiernos, simples, esos que te causan paz.
A veces no puedo dormir porque extrapolo la premisa de la inmortalidad. Creo que puedo y debo arreglar mis asuntos desde el colchón porque tengo “prisa” por terminarlos y dormir no es tan importante. Quiero “controlar” las “urgencias” que se me ocurren justo al cerrar los ojos para “avanzarle” a las tareas del día siguiente. (¡Que risa!, como decimos cuando algo es absurdo) Creo que soy un inmortal con infinitas tareas, por eso la prisa, capaz de moldear la realidad con mi mente a la hora más inoportuna: justo antes de dormir.
Otras veces me molestan cosas de la gente. Quiero controlar a la gente o cambiarla para que se asemeje más a lo que yo quiero. ¿Debo callar mi opinión o controlar mi manera de responder para mantener la paz?, ¿debo dejar pasar la conducta de alguien que no piensa o que se queja por todo?, definitivamente hay muchas maneras de responder, pero causar un daño a otra persona al responder con cualquier tipo de violencia (psicológica o física) es otro síntoma de la premisa de la inmortalidad. Sintiéndome inmortal creo que puedo hacerlo de cualquier manera, qué importa si es de una manera reactiva y desesperada al fin de cuentas tengo el tiempo infinito para que se arreglen “después” las cosas. Y por supuesto también después arreglar mis asuntos internos, “luego” ya me arreglo yo sólo con más calma al cabo soy inmortal.
Estando cerca de la muerte, me imaginaré en retrospectiva, pensando en lo inmortal que me creí toda mi vida hasta que no lo fui dando el último suspiro.