Somos ricos
Un día apareció la policía en el café donde me encontraba leyendo.
—¡Tu mano, levántala! — el policía tomó mi mano y la volteó para ver mi palma.
En esos días no era extraño que la autoridad solicitara ver las palmas de las personas, más no era muy común en el área donde me encontraba. No éramos de muchos recursos, pero si me gustaba visitar los cafés de las zonas más sofisticadas de la región. Había algo en el aire en esos cafés de la alta sociedad que me gustaba.
—No es señor — le dijo el policía a su superior.
—¡Maldición!, vámonos. Lo siento señor si lo asustamos — me dijo el detective.
—¿Qué sucede? — estaba algo confundido.
—Está en problemas — me dijo uno de los policías — en cuanto lo encontremos lo mandaremos llamar. No salga de la ciudad.
Me quedé con la vista perdida un momento imaginando que pudo haber pasado. Me pasé las manos por el cabello, era lo único que mi cuerpo pudo hacer para no parecer desesperado.
A las pocas horas me llamaron a mi casa, era la policía otra vez.
—Lo tenemos ¿puede venir de inmediato a la estación?
—Sí, voy para allá.
Llegué a la estación de policía y ahí estaba. Nunca he podido erradicar la sensación de verme en una situación en la que mi consciencia está fuera de mi cuerpo. Lo extraño fue que, en esta ocasión, que era un delito, no sentí asombro y tampoco estaba asustado. Solo podía verlo a través del cristal del cuarto de los detenidos.
—¿Qué sucedió detective? —seguía incrédulo.
—Su clon se robó 500 millones de pesos del banco internacional. Y los dueños exigen que regrese el dinero.
—Déjenme hablo con él.
El detective accedió, pero no me dejó solo, él y un par de policías entraron conmigo.
—¿Qué pasó Luis? ¿por qué lo hiciste? — le pregunté.
—Quería que tuviéramos más dinero así que hackeé las cuentas del banco. Para que puedas gastar más — respondió Luis.
—Sí, pero de esa manera no se puede, es ilegal. Tienes que regresar el dinero en este momento o me meterán a la cárcel.
—Permíteme— empezó a parpadear — listo. El dinero está de vuelta en el banco.
—Detective, ¿puedo dejarlo que trabaje o le van a dan tiempo muerto? — pregunté.
Tiempo muerto era el castigo para los clones en el cual se les apagaba para que dejaran de funcionar y se resguardaban en bodegas de la autoridad por un tiempo determinado. Realmente el castigo era para los dueños para que tuvieran más precaución y reprogramaran correctamente su clon.
—No será necesario. Cuando el dueño no está involucrado en el delito del clon la ley permite que la máquina siga funcionando. Solo necesitaremos el reporte de su actualización en el programa donde expresé su nuevo código anti-robo.
Presioné el botón de mi control para apagar a mi clon. Cerró los ojos como si se hubiera quedado dormido pero su cuerpo en perfecta posición.
—¿Cómo sabe que no estaba involucrado en el robo? — supe que había hecho una pregunta estúpida cuando salió de mi boca, pero tenía la curiosidad de saber.
—Estaba leyendo en su cafetería de siempre —respondió el detective.
—¿De siempre?, ¿ustedes tienen esa información?
—Toda la información — me sonrió el detective. — Cuando lo encontramos en el sitio y se sorprendió de vernos, supimos que no estaba involucrado.
—Muchas gracias por su comprensión detective.
Entró un nuevo agente a la habitación.
—Los dueños del banco acaban de confirmar que el dinero ya apareció nuevamente en la cuenta. Solo exigen refinar el código del clon.
—Claro que sí, lo realizaré en cuanto llegué a la casa— les aseguré.
Llegamos a la casa y Luis seguía con los ojos cerrados, pero la luminaria de su palma seguía encendida.
Para diferenciar a los clones de los humanos, estos tienen un foco incandescente verde en la palma de la mano derecha. Cuando están activos está encendida. Es un mandato del gobierno: no puede existir un clon sin la luminaria. Todo aquel que no tenga su luminaria en la mano será tratado con las leyes humanas. Si un clon comete un delito y no tiene luminaria, pasa los años de cárcel como cualquier otro humano sin derecho a fianza. Quinientos millones de pesos significaban muchos años de prisión aún y que los devolviera.
Nadie quiere un clon sin luminaria, sería un desperdicio. Los humanos aman a los clones porque hacen su trabajo por ellos.
Yo también tuve luminaria cuando me crearon, pero a mi dueño se le ocurrió intercambiarnos la luminaria. Retiró mi luminaria de mi palma para ponérsela en la suya. La cirugía la hice yo mismo, perfecta. Así a él no lo castigarían siempre y cuando yo no me involucre. Y si a mí me meten a la cárcel no tiene importancia, los clones no sentimos lo mismo que los humanos.
—¿Hakeaste la estación de policía? — me preguntó mi dueño. A lo que yo le respondí.
—Sí, envié un mensaje desde el banco a la estación asegurando que ya estaba el dinero de vuelta y que los cargos deberían ser retirados. De regreso, la estación le respondió al banco que tú te habías suicidado en la celda y yo fui destruido por seguridad de los demás bancos.
—¡Somos ricos!
